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Esta es una versión suave y adaptada de una leyenda clásica china llamada "La Maceta Vacía" (o la historia de Ping). Es perfecta para dormir porque es tranquila, tiene valores bonitos y un final feliz.cd

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, en la lejana China, un Emperador muy anciano y sabio. Este Emperador amaba dos cosas por encima de todo: la paz y las flores. Su jardín era tan grande que, si caminabas por él, podías sentir el perfume de mil flores diferentes flotando en la brisa suave.

Como el Emperador ya estaba muy mayor, necesitaba encontrar a un niño bueno y honesto para que cuidara del reino después de él. Así que decidió hacer una prueba tranquila y sencilla.

Llamó a todos los niños del reino al palacio. Entre ellos estaba Ping, un niño pequeño al que le encantaba la tierra y las plantas.

El Emperador les dio a cada uno una pequeña y brillante semilla.

—Tomen esta semilla —dijo con voz suave—. Plántenla, riéguenla con amor y vuelvan aquí dentro de un año. Quien traiga la flor más hermosa, será el nuevo Emperador.

Ping tomó su semillita con mucho cuidado, como si fuera un tesoro. Corrió a su casa, buscó su maceta de cerámica favorita y la llenó con la tierra más suave y negra del jardín. Hizo un agujerito, puso la semilla y la tapó como quien tapa a un bebé en su cuna.

Día tras día, Ping cuidaba su maceta.

Por las mañanas, le daba los buenos días: “Hola, semillita”.

Le ponía agüita fresca: Glop, glop, glop.

Y se aseguraba de que el sol le hiciera cosquillas con sus rayos dorados.

Pasaron las semanas. La luna salía y se escondía. Las estrellas brillaban en el silencio de la noche. Pero en la maceta de Ping… no nacía nada.

Ping cambió la tierra. Le puso tierra nueva y fresca.

Cantó canciones de cuna a la maceta.

Esperó durante el invierno, el otoño y la primavera.

Pero la maceta seguía vacía. Solo había tierra silenciosa.

Llegó el día de volver al palacio. Ping estaba triste. Todos los demás niños del reino llevaban macetas con flores gigantescas: rojas como el fuego, azules como el cielo, amarillas como el sol. Eran hermosas.

Ping, con mucha vergüenza, llevó su maceta vacía. Solo tenía tierra.

El Emperador caminó despacito entre los niños, mirando las flores grandes y brillantes. Pero su cara estaba seria. No sonreía.

Hasta que llegó donde estaba Ping. El Emperador vio la maceta vacía y al niño con la cabeza baja.

—Pequeño, ¿por qué tu maceta no tiene flor? —preguntó el anciano.

Ping respiró hondo y dijo la verdad:

—Señor, planté la semilla que me diste. La regué cada mañana, la cuidé con el sol y la protegí del frío. Hice todo lo que pude, pero la semilla no quiso crecer. Esta es mi maceta, vacía pero cuidada con mucho amor.

De repente, el Emperador sonrió. Una sonrisa dulce y tranquila.

—¡Te he encontrado! —dijo el Emperador abrazando a Ping—. Tú serás el nuevo Emperador.

Los demás no entendían nada.

—¿Por qué él? —preguntaron— ¡Su maceta está vacía!

El Emperador explicó bajito:

—Las semillas que les di a todos estaban cocidas. No podían crecer. Ninguna de esas flores grandes que trajeron es real. Solo Ping tuvo el valor de traerme la verdad en su maceta vacía.

Y así, Ping, el niño jardinero, se convirtió en un Emperador muy querido. Cuidó del reino con la misma paciencia y amor con la que cuidaba sus flores. Y cada noche, el reino dormía tranquilo y feliz, bajo la luz de la luna y el aroma de los jazmines.

Colorín colorado, este cuento chino se ha acabado.


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