Dante era un elefante muy, pero muy grande. Tenía unas orejas enormes como sábanas y una trompa larga como una manguera de bomberos. Dante era amable y cariñoso, pero tenía un pequeño problema: le encantaba jugar a las escondidas, pero era pésimo escondiéndose.
Un día soleado, sus amigos de la selva lo invitaron a jugar.
—¡Yo cuento! —gritó el mono Tico, tapándose los ojos contra un árbol—. ¡Uno, dos, tres...!
La cebra corrió y se escondió entre unos arbustos altos; sus rayas la ayudaban a camuflarse.
La serpiente se deslizó debajo de una piedra plana.
El loro voló y se metió entre las hojas verdes de la copa de un árbol.
Dante corrió de un lado a otro.
—¿Aquí? —pensó, tratando de esconderse detrás de una flor pequeña. Pero, obviamente, se le veía todo el cuerpo.
—¿Allá? —probó meterse detrás de una roca, pero su colita y sus grandes orejas quedaban fuera.
—¡Veinte! ¡Allá voy! —gritó el mono Tico.
Tico se dio la vuelta y, al instante, señaló a la roca:
—¡Te vi, Dante! ¡Te vi las orejas!
Dante salió cabizbajo.
—Es muy aburrido ser tan grande —suspiró—. Nunca puedo ganar. Soy el peor escondedor de la historia.
Justo en ese momento, el cielo se puso gris y empezó a caer una lluvia muy fuerte. ¡Plic, plac, ploc! El agua caía a cántaros.
El mono Tico se estaba mojando en el árbol. La cebra temblaba de frío en los arbustos. La serpiente no quería que se le llenara de barro su escondite.
Entonces, a Dante se le ocurrió una idea. Se plantó firme en medio del claro, estiró sus cuatro patas fuertes y abrió sus orejas gigantescas lo más que pudo, como si fueran dos paraguas enormes.
—¡Rápido, amigos! —llamó Dante con su trompa—. ¡Escóndanse aquí!
El mono, la cebra, la serpiente y el loro corrieron y se metieron debajo de la barriga de Dante. Allí abajo estaba seco y calientito. Las orejas de Dante tapaban la lluvia y su cuerpo enorme los protegía del viento.
Estuvieron allí un buen rato, contando chistes y riéndose mientras llovía fuera.
Cuando salió el sol, el mono Tico le dio un abrazo a la pata de Dante y dijo:
—Dante, quizás no cabes detrás de una roca, pero eres el mejor escondite del mundo para nosotros.
Dante movió su trompa feliz. Se dio cuenta de que ser grande no estaba tan mal después de todo; ¡servía para cuidar a sus amigos!