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El Gran Concierto de Timoteo


El Gran Concierto de Timoteo

Había una vez un ratoncito muy pequeño llamado Timoteo. Timoteo no vivía en un agujero cualquiera en la pared; él vivía en el lugar más elegante de la ciudad: El Gran Teatro de la Ópera.

Mientras sus hermanos y primos se pasaban el día buscando migajas de pan o trocitos de queso olvidados, Timoteo hacía algo diferente. Él se escondía detrás de las grandes cortinas de terciopelo rojo y escuchaba.

Timoteo amaba la música. Su sueño no era encontrar el queso más grande del mundo, sino tocar en la orquesta.

Como era muy pobre y muy chiquito, no tenía dinero para comprar un instrumento. Así que decidió fabricarse uno:

Usó la mitad de una cáscara de nuez para el cuerpo del violín.

Tomó un palillo de dientes para el mástil.

Usó unos hilos de seda que se le cayeron a una señora elegante para las cuerdas.

Y para el arco, usó un pelo largo y fino del bigote de su abuelo (¡que se le había caído de viejo, no se lo arrancó!).

Todas las noches, cuando el teatro quedaba vacío y oscuro, Timoteo salía al centro del escenario. Se colocaba su nuez-violín en el hombro y tocaba. Zing, zing, zung… Al principio sonaba como un mosquito resfriado, pero con mucha práctica, su música empezó a sonar dulce y hermosa.

Una noche, llegó el día del Gran Concierto de Primavera. El teatro estaba lleno de gente. El director de la orquesta, un señor con el pelo muy alborotado llamado Don Forte, levantó su batuta.

La música comenzó a sonar. Era maravillosa. Pero, de repente… ¡CRAC!

Al violinista principal se le rompió una cuerda de su violín justo en el momento más importante del solo. La música paró en seco. El público contuvo el aliento. El violinista estaba pálido; no sabía qué hacer. Hubo un silencio incómodo y largo.

Timoteo, que estaba mirando desde un agujerito en el techo, sintió pena por el músico.

—La música no puede parar —pensó el ratoncito.

Sin dudarlo, Timoteo sacó su pequeño violín de nuez y, desde las alturas, empezó a tocar la melodía que faltaba.

Su sonido era pequeñito, pero en el silencio del teatro, se escuchó como un susurro mágico. Ti-ri-ri, ti-ri-ra… Las notas bajaban desde el techo como gotitas de lluvia brillante.

El director, Don Forte, miró hacia arriba sorprendido. El violinista principal sonrió. El público empezó a buscar de dónde venía esa música tan delicada. Nadie vio al ratoncito, pero todos sintieron paz en su corazón.

Cuando Timoteo terminó la última nota, el teatro se quedó en silencio un segundo y luego… ¡APLAUSOS! La gente se puso de pie, aplaudiendo más fuerte que nunca. Pensaron que era un truco especial del teatro.

Esa noche, cuando todos se fueron, el director de la orquesta dejó algo en el centro del escenario antes de apagar la luz.

Cuando Timoteo bajó a mirar, encontró el regalo: Un trozo del queso más fino y delicioso, y una nota pequeña que decía:

"Para el pequeño maestro del techo. Gracias por salvar el concierto."

Timoteo se comió su queso feliz. Desde ese día, se convirtió en el "Músico Fantasma" del teatro, y dicen que, si prestas mucha atención en los conciertos, a veces puedes escuchar un pequeño violín de nuez acompañando a la gran orquesta.

Y colorín colorado, este cuento musical se ha terminado.

Moraleja del cuento: No importa si eres pequeño o si no tienes los mejores juguetes; con ingenio y práctica, puedes hacer cosas grandes y maravillosas.


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