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El Oso Tito y el Gran Silencio


El Oso Tito y el Gran Silencio

Había una vez un oso llamado Tito.

Tito vivía en una cueva muy moderna. Tenía una Tablet de Oso para ver dibujos, un teléfono que hacía pin-pin cuando llegaban mensajes, y una lámpara que cambiaba de colores: rojo, azul, verde.

A Tito le encantaban sus luces. Sus ojos siempre estaban muy abiertos, mirando pantallas brillantes. Bzzzt, wiii, pin-pin. Nunca había silencio en la cueva de Tito.

Una noche, justo cuando Tito iba a poner su dibujo favorito... sucedió algo extraño.

La Tablet hizo: Puf. Y la pantalla se puso negra.
La lámpara hizo: Clic. Y la luz se apagó.
El teléfono hizo: Shhh. Y se quedó dormido.

Se había cortado la luz en todo el bosque.

Tito se quedó quieto en la oscuridad. Al principio, se sintió un poco raro. Apretó el botón de la Tablet. Nada. Apretó el botón de la lámpara. Nada.

—¿Y ahora qué hago? —susurró Tito—. Sin mis luces, no veo nada.

Pero entonces, Tito esperó un momento. Sus ojos de oso empezaron a acostumbrarse a la oscuridad. Y se dio cuenta de que la cueva no estaba oscura.

Entraba una luz muy suave por la ventana. No era una luz azul y fuerte como la de la Tablet. Era una luz plateada, tranquila y fresca.

Era la Luna.

Tito se acercó a la ventana. La Luna estaba allí arriba, grande y redonda, sonriéndole.
—Hola, Tito —parecía decir la Luna—. Yo soy tu lámpara de noche hoy. No necesito enchufe.

Tito respiró hondo. El aire olía a pino y a tierra mojada.

Luego, Tito escuchó algo. Como la tele estaba apagada y el teléfono no hacía pin-pin, por fin pudo escuchar el sonido del bosque.

Escuchó a los grillos: Cri-cri... cri-cri...
Escuchó al viento moviendo las hojas de los árboles: Shhhh... shhhh...

Era como una canción de cuna gigante.

Tito sintió que sus párpados le pesaban. Sus ojos, que habían estado trabajando tanto mirando luces fuertes, se sentían aliviados con la luz suave de la Luna.

—Mis dispositivos se apagaron para descansar —pensó Tito—. Se les acabó la batería. Creo que a mí también se me está acabando la batería.

Tito se acostó en su cama de hojas secas y almohadas de plumas. Estaba tan blandita.

Sin el ruido de los aparatos, la cueva se sentía como un abrazo grande y calientito.

Tito cerró los ojos.
Cri-cri... decían los grillos.
Shhhh... decía el viento.
Descansa... decía la Luna.

Y Tito, el oso que amaba las pantallas, descubrió que lo que más amaba en el mundo era el Gran Silencio de la noche.

Se dio la vuelta, suspiró feliz, y se quedó profundamente dormido hasta que el Sol salió para recargarle la energía.

Buenas noches, Tito.
Buenas noches, pequeño.
Todo está apagado. Todo está tranquilo.


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