El relato de rabí Jiyá y el rico
Y veo oportuno recordar un relato de entre los relatos de los justos, a quienes el Santo, bendito sea Él, pensó en este mundo enriquecer por cuanto se esmeraron en honrar la ejecución de un mandamiento de entre los mandamientos —pues si no lo hubiera hecho, no habría estado obligado por pecado e iniquidad, y a pesar de todo el Santo, bendito sea Él, le dio recompensa en este mundo—, y todo esto entra en el ámbito de los actos de bondad (gumilut jasadim), tal como dijeron nuestros maestros, de su memoria bendita: «Estas son las cosas de las cuales el hombre come los frutos en este mundo: del provecho [o renuevos] de las mismas, y la recompensa de las raíces le permanece para el mundo venidero».
Tal como se cuenta acerca de rabí Jiyá, que se hospedó en la casa de cierto hombre en Capadocia la noche de Shabat, y pusieron delante de él una mesa de oro con trece cadenas de oro, y dentro de la mesa había cuencas y cucharas macizas, fundidas en una obra hermosa y bella, y sobre las cuencas, clases de manjares exquisitos.
Y al poner la mesa delante de ellos, dice: «Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan», y al retirarla de delante de ellos, dice: «Los cielos son los cielos del Señor, y la tierra la dio a los hijos de hombre».
Le dijo rabí Jiyá: «Te pido que me hagas saber en virtud de qué llegaste a esta gran riqueza y a este honor».
Y respondió y dijo: «Yo era carnicero, y cada cordero y oveja gorda, buena y hermosa, solía comprarla y reservarla para comerla para el Shabat, y decía: "Sea esta para la honra del Shabat". Y por este acto merecí toda esta riqueza que ves con tus ojos».
Y le dijo rabí Jiyá: «Bendito es el Señor, Dios suyo, que te hizo merecedor de esta gran riqueza».