El relato del piadoso y el carnicero que serán vecinos en el mundo venidero
Y aconteció un hombre, un sabio de la Torá, piadoso y humilde, [que] pidió a su Dios que le hiciera saber quién sería su compañero en el mundo venidero. Y ayunó muchos días y multiplicó la oración y las súplicas, hasta que se le dijo en un sueño de la noche: «Fulano el carnicero será tu compañero».
Y despertó de su sueño preocupado y gimiendo, abatido y enojado, y volvió a ayunar y a enfermar delante de Dios. Y le dijeron en el sueño: «Ya te hice saber que fulano es tu compañero en el mundo venidero».
Al oír el asunto, quedó atónito, gimió y lloró con gran llanto por este asunto. Y oyó una voz que clamaba desde los cielos: «Si no fuera porque eres piadoso y hay en ti buenas obras, pues hijo de muerte eres, ¿por qué se airó tu [ánimo] por cuanto te dije que fulano el carnicero es tu compañero? ¿Conoces lo que hizo fulano el carnicero, buenas obras que no puede todo hombre hacerlas, y su dignidad es una dignidad grande en el mundo venidero?».
Y se levantó el discípulo por la mañana, y madrugó a la tienda del carnicero, y le dio la paz, y se sentó con él, y le dijo: «Quiero que me hagas saber tus obras y tus mercedes en tu mundo». Y le dijo: «Señor mío, tú ves mi labor, y de todo lo que gano, doy la mitad en caridad, y con la otra mitad nos sustentamos yo y los de mi casa».
Y le dijo el discípulo: «Muchos hombres dan caridad más que esta, mas hazme saber si hiciste algo que no pueda hacer todo hombre». Y calló el carnicero un tiempo largo, y le dijo: «Señor mío, recordé algo que hice hace muchos años».
Y le dijo el sabio: «¿Qué fue el asunto?». Y dijo: «Estaba en un día de los días que pasaron ocupado en mi labor, y he aquí que una caravana de cutitas [samaritanas] vino, y en ella cautivos muchos, y entre ellos una muchacha pequeña llorando con amargura de alma. Y me acerqué a ella, y le dije: “Hija mía, ¿por qué lloras y por qué gritas?”.
Y me dijo: “Señor mío, yo soy judía, y tengo miedo no sea que me saquen estos impíos del seno de Israel, y era mi deseo salir a un lugar de Israel, tal vez me rediman los judíos de mano de los cutitas”.
Al oír sus palabras, se enterneció mi corazón, y me compadecí de ella, y le dije: “Calla y cree, porque yo te rediré”. Y fui enseguida a su amo, y compré a la muchacha por mucha plata, y gasté en su rescate más que mi riqueza. Y tenía la muchacha doce años, y la traje a mi casa, y la vestí hasta que creció, y era para mí un hijo único de veintiún años.
Y aconteció un día, hablé con él en secreto y lo convencí con palabras razonables, y le dije: “Hijo mío, toma mi consejo y haz mi precepto y cumple mi voluntad, para que te vaya bien en este mundo y en el mundo venidero”. Me dijo: “Di lo que quieras, porque no me apartaré de tus mandamientos ni a diestra ni a siniestra”.
Dije: “Quiero que tomes a esta muchacha por mujer, y yo os haré vestiduras y joyas muy preciosas”. Y me dijo: “He aquí que estoy en tu mano, haz lo bueno a tus ojos”.
Y se alegró mi corazón sobremanera, y preparé todas sus necesidades desde hilo hasta correa de zapato, no me faltó nada, y hice un gran banquete para la boda, y no dejé a ninguno de los hombres de la ciudad que no viniera allí, y a todos los pobres, y senté a los pobres junto a los hijos de la ciudad para que no se avergonzaran, y puse delante de ellos alimentos y manjares, y comieron y bebieron alegres y de buen corazón, salvo una mesa en la que no comían nada.
Y les dije: “Hermanos míos, ¿por qué hacéis así?, ¿acaso hallasteis en los manjares algún defecto?”. Me dijeron: “¡Líbrenos Dios!, pues jamás vimos algo mejor que esto, pero este pobre que sentaste con nosotros llora, se desata en lágrimas y gime desde el momento en que se sentó aquí, y por eso no podemos comer a causa de su gemido y su llanto”.
Y lo tomé de la mano y lo saqué afuera a solas, y le dije: “Hermano mío, ¿por qué me hiciste mal, y por qué entristeces a mi hijo en la boda?, hazme saber qué tienes y por qué se entristece tu corazón, no me ocultes nada; si tienes una deuda te la daré, y si necesitas un préstamo, te lo prestaré”.
Y le dijo: “Deuda no tengo, y no necesito préstamo, mas lloro por la muchacha que vas a tomar para tu hijo, pues ella es de la ciudad de fulano, y yo la desposé hace muchos años, y ella está comprometida conmigo, y fue cautivada, y yo vine tras ella, y he aquí que el documento de sus esponsales está en mi mano”. Y sacó el documento y lo vi conforme a sus palabras.
Y le dije: “¿Tienes una señal en esta muchacha?”. Me dijo: “La vi una vez en la casa de su padre, y vi en su cuerpo una señal tal y tal en un lugar determinado”. Y creí en sus palabras.
Y le dije: “Esfuérzate y ten paciencia, porque yo cumpliré tus deseos”. Y llamé a mi hijo, y le dije: “Hijo mío, tú hiciste mi voluntad en el asunto de esta muchacha, y ahora cumple mi deseo en todo lo que te diga, y te irá bien”. Y me dijo: “Como hice al principio por causa tuya, así haré ahora, no desobedeceré tu boca”.
Y le dije: “Esta muchacha está consagrada a otro aparte de ti, y ya vi su documento de esponsales, y he aquí que el hombre que la consagró está aquí, y ella está prohibida para ti. Y ahora, quiero que le des todo lo que hice para ti, de vestiduras y joyas, y se la devuelvas a su marido y merites una buena recompensa, y yo te daré una mujer mejor que esta, y te haré el doble de esto”.
Y me dijo: “Así lo harás, y yo haré conforme a lo que hablaste”.
Y traje al hombre forastero y a la muchacha, y los puse en la Jupá [dosel nupcial], y a los acompañantes delante de ellos, y bendijeron la bendición nupcial, y les di todo lo que había en mi casa, y les saqué todo lo que estaba preparado para mi hijo, y se sentaron conmigo muchos días alegres y de buen corazón sin escasez de ninguna cosa, y olvidaron su fatiga y su tribulación, hasta que quisieron regresar a su ciudad, y les di buenos regalos y provisión para el camino, y los despedí en paz, y preguntaba todo el tiempo a los transeúntes por su paz».
Y le dijo el discípulo: «Bendito eres tú para el Señor, que aquietaste mi corazón y me alegraste, porque tú eres mi compañero para el mundo venidero».