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34. Jibur Yafé Mehayeshuá - El relato de Iehudit


El relato de Iehudit

Relato (relato de Iehudit) de que vino el rey de los gentiles sobre Jerusalén con cuarenta mil guerreros de valor, y sitió contra ella muchos días, y se cansaron los hijos de Israel a causa de ellos en el cerco y en la estrechura, y estuvieron en gran estrechura. Y había en Jerusalén una muchacha de las hijas de los profetas, y al ver ella que era grande la brecha y la enormidad de la tribulación, y puso su alma en su palma, y salió con su criada, y llegó hasta las puertas de la ciudad, y dijo a los porteros: «Abrid las puertas y saldré, tal vez el Santo, bendito sea Él, haga conmigo una señal y una maravilla, y mataré a este impío y sean salvados Israel por mi mano».

Y le dijeron: «No abriremos, pues tememos no sea que hayas amado a uno de los jinetes del rey para casarte con él, o no sea que hagas artimañas contra la ciudad para conquistarla». Y dijo: «¡Líbrenos Dios!, sino que yo confío en las misericordias del cielo de que me ayudarán contra este enemigo». Y les juró por el Señor, Dios de Israel, y abrieron las puertas, y salió con su criada y fue hasta la tienda del rey, y vino delante de él la muchacha, hermosa en extremo. Y al verla el rey, halló gracia ante sus ojos, y obtuvo favor delante de él. Y le dijo el rey: «¿Quién eres, hija mía?, ¿y de dónde viniste?, ¿y a dónde vas?». Y le dijo: «De las hijas de los profetas soy yo; escuché de mi padre que conquistarás la ciudad y la apresarás, y vine a implorar por mi alma y por el alma de la casa de mi padre para que nos libre cuando tomes la ciudad». Y le dijo el rey: «Yo haré conforme a tus palabras, y yo quiero tomarte por mujer». Y le dijo: «Señor mío, el rey, he aquí que soy como una de tus siervas, haz lo bueno a tus ojos. Mas te haré saber, señor mío, el rey, que yo estoy impura por menstruación, y por la tarde yo soy apta para la purificación ritual; manda a tus siervos por la tarde, cuando vean a dos mujeres hacia el manantial, que no se desvíen hacia nosotras, y que no hablen con nosotras ni para bien ni para mal, y iré, me sumergiré y regresaré a ti».

Y mandó el rey que se hiciese así, y se alegró con alegría grande por la muchacha y por la buena nueva que le anunció al rey. Y reunió a todos sus príncipes y a sus siervos, y les hizo un banquete, y comió y bebió del vino, y se embriagó y se durmió. Y se fueron todos ellos, cada uno a sus tiendas, y no quedó con el rey sino la muchacha y la criada. Y dispuso la muchacha su corazón hacia el cielo, y se levantó y desenvainó la espada, y cortó con ella la cabeza del rey, y llevó su cabeza en su regazo, y fueron ambas, y atravesaron el campamento, y no hubo quien les dijera palabra alguna, hasta que llegaron a las puertas de Jerusalén. Y llamó a los porteros y les dijo: «Abrid la puerta, pues el Santo, bendito sea Él, me ayudó y maté al enemigo». Y no creyeron a sus palabras.

Y había para el rey uno de sus príncipes, y le decía al rey: «Desiste de este tumulto, no los aseqies ni entables contra ellos guerra, pues el Dios de ellos está con ellos y los amó, y no los entregará en tu mano; mira lo que hizo a los que estuvieron antes de ti, a los reyes primeros y a los príncipes que sitiaron contra Israel, cuál fue su fin». Y fue el rey amonestándome con reprensiones hasta que se airó contra él el rey, y mandó el rey atarlo y colgarlo vivo junto a la puerta de la ciudad. Y al ver la muchacha que no querían abrir la puerta, les dijo: «Si no me creéis, he aquí que el príncipe colgado reconocerá su cabeza». Y creyeron a las palabras de la muchacha, y abrieron la puerta, y mostraron la cabeza al príncipe colgado, y la reconoció el príncipe, y dijo: «Bendito sea el Señor que lo entregó en vuestra mano y os libró de su mano».

Y se oyó el asunto, y se congregaron los jóvenes de Israel y sus guerreros, y tomaron sus espadas en su mano, y vinieron hasta el campamento. Y ellos iban clamando a gran voz: «¡Escucha, Israel! ¡El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno!». Y vieron los hombres del campamento a ellos, y fueron a la tienda del rey, y vieron que había muerto su valiente, y huyeron y abandonaron sus tiendas y sus caballos y todo su ejército, y escaparon por su vida. Y persiguieron los israelitas tras ellos hasta Antioquía, y regresaron en paz. Y despojaron en ellos despojo muchísimo en gran manera.

Y se congregaron los ancianos de Israel y los sabios, y vinieron a la Casa del Señor, y bendijeron y alabaron al Señor, el que les da descanso de todos sus enemigos, y el que los salva en el tiempo de su tribulación siempre, y el que cumple Sus palabras en ellos: «Y aun también estando en la tierra de sus enemigos no...» [Levítico 26:44]. Él, en Sus misericordias, haga señales y maravillas con nosotros en este tiempo y en esta época, tal como hizo con nuestros padres.


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