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41. Jibur Yafé Mehayeshuá - El relato de Rabí Meir y la mujer del hospedero


El relato de Rabí Meir y la mujer del hospedero

Relato (véase Midrash Aseret Ha-Dibrot, mandamiento 7) de Rabí Meir, que fue a la casa de estudio para la festividad, y tenía un hospedero cuyo nombre era Yehudá de Tiberíades, y tenía una mujer buena y modesta, y lo honraba a él debidamente todos los días más que [a] un joven. Y acampaba en su casa siempre Rabí Meir cada año y año en su camino a la festividad y en su retorno. Y murió la mujer de Yehudá, y tomó otra mujer.

Y se acercaron los días de la fiesta, y le ordenó a su mujer y le dijo: «Sabe que cierto sabio viene a mi casa siempre en su camino a Jerusalén y en su retorno. Cuando venga, sabe cómo le honrarás, y estarás delante de él, y prepararás comida y bebida, y su nombre es Rabí Meir. Y guárdate mucho de no ser negligente en mi mandamiento». Y vino Rabí Meir como su costumbre, y llamó a la puerta, y salió la mujer a él, y no lo reconoció, y le dijo: «¿Y dónde está su esposa?». Le dijo a él: «Ya murió y me tomó, y si tú eres Rabí Meir, ven, bendito del Señor, y no estés afuera, pues él me ordenó reunirte a la casa y honrarte como es debido». Y vino Rabí Meir, y se sentó hasta la tarde. Y vino Yehudá, y lo abrazó y lo besó, y comieron y bebieron y se embriagaron, y se acostaron en su lugar. Y se acostó junto a él debajo de su marido, y el hombre no supo en su acostarse y en su levantarse.

Y aconteció por la mañana, y se levantó y los llamó, y les dio agua, y lavaron sus rostros. Y salió su marido a su comercio, y se quedó Rabí Meir en la casa, y puso delante de él vino y le dio a beber, y estaba divirtiéndose delante de él en todo tiempo, y él no alzó sus ojos hacia ella. Y añadió y lo tocó y se acercó a él. Y le dijo: «Apártate de mí y no me toques». Y le dijo a él: «¿Por qué te alejas de mí, y tú te acostaste conmigo anoche, yfiziste tu voluntad en mí?». Y le dijo él: «No mientas». Y le dijo a él: «Verdad fue el asunto, y también vi en tu cuerpo una señal tal y tal en lugar fulano». Y le declaró las señales que estaban en su cuerpo.

Al oír el hombre las palabras de ella, entró en su corazón su duda, y le creyó, y huyó y salió afuera, herido, golpeado de corazón y amargo de alma. Y él en el camino aturdido, como un hombre sin conocimiento, sabía a dónde iría, y lo halló un cutita en el camino, y le dijo: «¿Qué tienes, Rabí Meir?». Y le dijo a él: «Salieron contra mí bandidos y robaron todo lo que había en mi mano». Y fue el hombre a su casa, entristecido y enojado, y dijo en su corazón: «¿Cómo hice esta gran maldad y pequé contra Dios y perdí de mí todo lo que hay en el mundo venidero?».

Y lo vio cierto sabio de sus compañeros, y le dijo: «¿Por qué estás así delgado y enfermo?», y lo conjuró a decirle la verdad, y le contó todo lo que le aconteció con la mujer. Y le dijo a él: «No temas, tal vez cuando estabas durmiendo te vio desnudo y vio las señales que están en tu cuerpo, pues tú no te acercaste a ella con asunto de transgresión». Y ayunó muchos días y oró a Dios para revelarle este secreto. Y le dijeron en el sueño de la noche: «No temas, Meir, pues no cayó de ti cosa de pecado ni iniquidad, y la mujer mala mintió contra ti, y no temas, pues tu galardón es muy grande». Y despertó el hombre alegre y de buen corazón, y se sentó para ir a la fiesta, y no añadió ya más a desviarse a la casa de Yehudá en todos sus días.


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