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49. Jibur Yafé Mehayeshuá - El relato de Abá Yudan


El relato de Abá Yudan

Abá Yudan (Yerushalmi Horiyot capítulo último, Midrash Vayikrá Rabá capítulo 5, Devarim Rabá capítulo 4, véase allí) solía hacer caridad muy grande, y cuando veía a los recaudadores de caridad corría tras ellos y les daba todo lo que se hallaba en su mano; y era un gran rico, hasta que se empobreció y no le quedó nada, sino un campo y una sola vaca, y se sustentaba de ella.

Y aconteció un día que fueron Rabí Eliezer, Rabí Yehoshúa y Rabí Akiva a recaudar caridad para los pobres, y cuando los vio Rabí Yudan, vino a su casa, y cambiaron sus rostros [se demudó su semblante] y lloró. Y le dijo a su esposa: «¿Qué haré? He aquí que los sabios van a recaudar caridad, ¿y no tengo qué darles?». Y le dijo ella: «Vende la mitad del campo y dales». Y hizo así.

Y aconteció un día que él estaba arando con su vaca, y cayó y se quebró su pata en un tesoro oculto de dinero muchísimo, y dijo: «Para mi bien se quebró la pata de mi vaca». Y fue un gran rico todos sus días.

Y mira la recompensa que retribuyó el Santo, bendito sea Él, a estos piadosos.

Dijo (véase Yalkut Rut remez 707 con un poco de cambio) un sabio de los sabios de Israel: Un hombre de la tierra de Israel era jardinero, y tenía esposa e hijos, y era muy pobre todos sus días. Y aconteció un día que me levanté para ir a Babilonia, y fui y me senté allí muchos días, y vine a su casa como mi costumbre, y él estaba en la pobreza mencionada. Y retorné a la tierra de Israel, y regresé a su casa, y lo hallé gran rico con gran deleite y con honra.

Y le pregunté: «¿En qué mereciste esta riqueza?». Y me dijo: «Yo era, cuando me dejaste, trabajador del jardín, y recogía verduras y vendía, y sustentaba mi alma y las almas de mi casa».

Y aconteció un día que yo estaba cruzando el jardín, y vino a mí un hombre de hermoso talle y hermoso aspecto, y me dijo: «Sabe que estarás en este mundo siete años en riqueza y en honra; y ahora elécete si quieres que sean estos años ahora, o al tiempo de tu vejez». Y pensé: «Por ventura es un hechicero», y él me decía debido a que le daré algo. Le dije: «No hay en mi mano cosa alguna que te dé, vete en paz».

Y se levantó de mañana al día siguiente, y me habló a mí con esta palabra como me habló ayer, y le respondí una palabra como la primera.

Y vino a mí el tercer día, y me habló con esto. Y le dije: «¿Qué tienes para que me hagas cesar de mi labor, y yo estoy en gran dolor, y tengo niños pequeños de teta que esperan el sustento de mi mano? Haz bien, déjame y suéltame, y no peques contra mí y contra ellos».

Y me dijo: «Ya te dije tres veces: si escuchas mi consejo, infórmame qué eliges para que te vaya bien, y no te pido pago».

Al oír yo esta palabra, le dije: «Señor mío, haz piedad conmigo, y tomaré consejo con mi esposa y mañana haré conforme a tu palabra». Y me dijo: «Te esperaré hasta la mañana».

Y fui a mi casa por la tarde, y le conté a mi esposa todas estas palabras, y me dijo ella: «Lo bueno es lo cercano antes que lo lejano». Le dije: «¿Acaso no me será mejor al tiempo de mi vejez, cuando no pueda trabajar ni afanarme?». Me dijo: «Señor mío, escúchame, toma mi consejo y toma el bien de inmediato y no demores, pues Dios de sabios es el Señor, y a Él se dirigen las empresas, y causas Él hará acaecer para ti al tiempo de tu vejez, para que no te afanes ni te falte nada».

Y aconteció al día siguiente que me levanté temprano al jardín, y he aquí que el hombre vino, y me dijo: «¿Cuál es tu consejo y cuál es tu petición?». Y le dije: «Bueno es lo cercano antes que lo lejano». Y me dijo: «Vete a tu casa y deja tu labor, pues el Santo, bendito sea Él, te ha enriquecido con gran riqueza».

Y retorné inmediatamente, y yo meditando en el camino y diciendo: «Dejé mi labor e iré a mi casa sin nada, y no sé si sus palabras son verdad o no». Y salió mi esposa a mi encuentro, y me dijo: «Ven y ve la piedad de nuestro Creador y su bondad». Y vine a mi casa, y hallé un gran tesoro, y bendije al Señor, mi Dios, por la piedad que nos retribuyó.

Y me dijo mi esposa: «Toma ahora mi consejo y te aprovechará». Y le dije: «Todo lo que me digas haré; así como escuché al principio, así escucharé al final».

Y me dijo: «Vete al mercado y cómpranos un escriba veloz, y escriba toda la caridad que daremos a los pobres». Y fui y compré al servidor conforme a su palabra. Y pusimos en su mano el dinero, y le mandó hacer caridad a los pobres, a cada uno y a uno conforme a lo que le es digno; y lo que era costumbre: montar en bestia o comprarle un servidor para que corra delante de él, y escribir todo, entre mucho y poco. Y hicimos así yo y mi esposa. Y no hacíamos labor, sino que madrugábamos y atardecíamos a la sinagoga, e íbamos al cumplimiento de un mandamiento, y comíamos y bebíamos y nos deleitábamos hasta el cumplimiento de siete años.

Y aconteció en aquella noche que vinieron a mí ladrones, y tomaron todo lo que teníamos, y no dejaron nada, ni aun los zarcillos que estaban en las orejas de mi esposa. Y le dije a ella: «¿Acaso no te dije que dejaras la riqueza para los días de la vejez? Ahora, ¿qué haré?, y los hombres conocen nuestra riqueza, y yo envejecí y encanecí y no podré afanarme como al principio».

Y me dijo mi esposa: «No temas y no te espantes; saca los escritos de la cuenta de las caridades». Y los saqué y los hube contado, y hallé una gran cuenta. Y ayunó la mujer tres días y oró, y dijo: «Dueño de todos los mundos, dijo el rey Salomón, tu siervo: “Al que presta al Señor da al pobre, y su retribución le pagará” [Proverbios 19:17]; y Tú, Dueño de los mundos, eres fiel y recto, danos lo que te prestamos».

Y aconteció por la noche que vi en el sueño al hombre que vino a mí al jardín, y que me habló todo el bien que venía a mí, y me dijo: «Escuchó el Santo, bendito sea Él, la oración de tu esposa; Él te retribuirá con riqueza y honra en este mundo, para que vivas vida buena sin dolor, y el capital te sea permanente para el mundo venidero. Y ve y cava en tal y tal lugar, y hallarás un gran tesoro».

Y me desperté y le conté a mi esposa el sueño, y me levanté y cavé y hallé muchísimo dinero, y me sustento con honra como tú ves, y voy en camino de mandamiento; y tengo lo que me baste hasta el día de mi muerte. Y bendije al Señor que empobrece y enriquece, y le di gracias por sus piedades y su agrado y las retribuciones a Sus amigos y a los temerosos de Su nombre.


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