El relato de Najum ish Gam Zu y el pobre
Y de los justos, hubo un hombre que estaba enfermo en su cuerpo, tal como aconteció a Najum ish Gam Zu (véase Taanit, hoja 21): por la multitud de su Torá y su sabiduría, vinieron sobre él sufrimientos y dolencias fuertes y malas, y él eligió todo para su alma, y suplicó con ruego al Santo, bendito sea Él, que viniera sobre él cualquier asunto de pecado que hubiera caído de él, y por eso pidió delante de Él cobrar por su pecado en este mundo, para que no quedara sobre él ni iniquidad ni culpa, sino que fuera puro y limpio para el mundo venidero.
Y de este hombre se dice que era ciego de sus dos ojos, amputado de sus manos, paralítico de las piernas, y el resto de su cuerpo estaba lleno de sarna y roña, y su lecho estaba construido sobre vasijas y artesas llenas de agua, para que el frío llegara a él.
Y sucedió un día que el hombre estaba sentado en su casa y las paredes se inclinaban para caer, y las paredes y el edificio estaban en condiciones de ser arrancados y derribados, y los discípulos le pidieron que lo sacara de la casa para que esta no cayera sobre él. Y les dijo Najum: «Sacad todos los enseres de la casa, del pequeño al grande, y no dejéis nada; y después sacad mi lecho, pues todo el tiempo que yo esté sentado en la casa, esta no caerá ni será destruida». Y sus discípulos hicieron así conforme a todo lo que les mandó, y sacaron todo lo que había en la casa y no quedó en ella nada, y después lo sacaron a él de la casa y la casa cayó de inmediato.
Y los discípulos vieron y se maravillaron el uno al otro, y le dijeron: «Maestro, puesto que tus caminos son gratos ante el Santo, bendito sea Él, y tú eres de mucha justicia y piedad, y de gran dignidad en la Torá y en la sabiduría, ¿por qué vinieron sobre ti estos sufrimientos duros y extraños?».
Les dijo: «Hijos míos, yo pedí todos los sufrimientos y vinieron sobre mí».
Y le dijeron sus discípulos: «Maestro, ¿cómo fue el asunto? Cuéntanoslo, por favor».
Y les dijo: «Iba yo un día de los días a la casa de los sabios, y llevaba conmigo tres asnos que cargaban grano, pan, alimento, clases de frutos y exquisiteces, y estando yo en el camino, me salió al encuentro un hombre y me dijo: "Señor mío, dame algo que comer, que tengo hambre". Y le dije: "Espérame hasta que vaya y tome de los asnos lo que te dé". Y cuando regresé a él, lo hallé muerto, cayendo sobre su rostro a la tierra, y me enojé muchísimo, y creció mi dolor, mi tristeza, mi lamento y mi pesar, y caí sobre su rostro, y puse mis ojos sobre sus ojos, y mis manos sobre sus manos, y mis pies sobre sus pies, y dije: "Los ojos que no se apiadaron de ti, sean ciegos; y las manos que no se apresuraron a darte alimento, sean cortadas; y mis pies, de igual manera". Y además dije: "Sea mi cuerpo lleno de sarna y roña"».
Y cuando rabí Akiva me vio así, dijo: «¡Ay de mí que te he visto en este estado!».
Le dije: «Bienaventurado eres tú que me has visto en este estado, pues es una gran recompensa para mí, y con ello he adquirido la vida del mundo venidero».