Protección invisible
Anónimo
Ilustraciones: Mirtha Mongelós
El sol de la tarde bañaba la carretera solitaria mientras Sara y su hijo, David, viajaban.
Habían salido temprano, con ganas de llegar a su destino antes del anochecer.
David, un niño curioso y lleno de energía, miraba el paisaje pasar, entretenido por los árboles y las nubes que parecían formar figuras.
Sara sonreía, disfrutando de ese momento de calma juntos.
Una vez, dos veces.
El auto dio un tirón y, con un último quejido metálico, se detuvo por completo.
Sara intentó encenderlo de nuevo, girando la llave una y otra vez, pero solo obtenía un silencio desalentador.
Estaban en medio de la nada, sin casas a la vista, ni siquiera otro auto en el horizonte.
"¿Qué vamos a hacer, mamá?", preguntó David con voz preocupada.
Sara sentía un nudo en el estómago.
Estaban varados, la señal del teléfono era inexistente.
La calma de hacía unos minutos se había disipado, reemplazada por la incertidumbre y la impotencia.
"No lo sé, cariño", admitió Sara, sintiendo cómo la desesperación amenazaba con invadirla.
Se quedaron sentados en el auto detenido, el silencio del campo ahora se sentía abrumador.
Un cuervo croó en un poste cercano.
Justo cuando la inquietud de Sara alcanzaba su punto álgido, un vehículo se acercó por el mismo camino por el que ellos venían.
Era una camioneta vieja, conducida por un hombre de rostro curtido por el sol.
Se detuvo junto a ellos.
"¿Problemas?", preguntó el hombre, con una voz grave pero amable.
Sara asintió, explicando su situación.
El hombre miró el auto y luego la carretera más adelante.
Su expresión se volvió seria."Qué suerte han tenido", dijo, con un tono de asombro en su voz.
"¿Suerte?", preguntó Sara, confundida.
"Si, suerte de que se les haya detenido el coche aquí".
El hombre continuó: "Hace poco, hubo una explosión ter rible más adelante, justo en un tramo de la carretera por donde ustedes habrían pasado a esta hora.
Una cisterna de combustible volcó y explotó.
Nadie que pasara por allí en ese momento tuvo oportunidad".Sara y David se quedaron helados.
Se miraron el uno al otro, luego a la carretera que se extendía ante ellos, ahora teñida por la luz del crepúsculo.
La frustración de hacía un rato se evaporó instantáneamente, reemplazada por una sensación de sobrecogimiento y gratitud profunda.El hombre de la camioneta los llevó de regreso al pueblo más cercano.
Durante el trayecto, Sara no pudo evitar mirar hacia atrás, hacia el punto donde su auto se había detenido.
Ahora entendía.
Lo que parecía un contratiempo desolador había sido, en realidad, un acto de Divina Providencia, un recordatorio palpable de que, incluso en los momentos de mayor incertidumbre, hay un plan mayor desarrollándose, un plan que cuida y protege a Sus creaciones de maneras que a menudo no podemos comprender en el momento.El coche no se había detenido por mala suerte.
Se había detenido porque así estaba dispuesto.
Esa avería inesperada, esa frustración y espera en medio de la nada, no era un obstáculo, sino una salvación.
Habían sido detenidos, protegidos, por una mano invisible que guiaba sus pasos.
La frustración se había transformado en una profunda reverencia y un agradecimiento infinito.

