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Relato de fe: "El Taller y la Caja"


El Taller y la Caja

por Erwin Gatica

Don Ramiro era un carpintero habilidoso.

Su taller, ubicado al fondo de la casa, era un lugar mágico para su hijo Abel, de siete años.

Olía a madera recién cortada, a barniz dulce y a la paciencia de las manos que transformaban troncos en muebles hermosos y útiles.

El vigoroso anciano era meticuloso con sus herramientas.

Cada serrucho colgaba en su lugar, los formones estaban afilados y brillantes, y el banco de trabajo siempre se mantenía limpio de virutas al final del día.

No era tacaño, podía permitirse comprar herramientas nuevas si las necesitaba, pero prefería cuidar las que tenía.

Decía, con una sonrisa sabia, "Cada herramienta tiene su historia, el esfuerzo de conseguirla y el trabajo que ha realizado.

Desperdiciarla por descuido es como olvidar todo eso".

Abel observaba a su padre.

Lo veía limpiar con esmero el cepillo después de cada uso, guardar las puntas de los clavos en un tarrito para no perderlas y aceitar las hojas de las sierras para que no se oxidaran.

Don Ramiro no le decía directamente a Abel que hiciera lo mismo con sus cosas, aunque su ejemplo era una lección silenciosa pero constante.

Abel tenía sus propios juguetes.

Coches que corrían a toda velocidad, figuras de animales de la selva y una caja de bloques de madera que le había regalado su abuelo.

Al principio, Abel no era tan cuidadoso.

Dejaba los coches tirados por el salón, los animales amontonados en cualquier rincón y los bloques esparcidos por el suelo de su habitación.

Un día, Abel recibió un juego de construcción muy especial.

Venía en una caja de cartón resistente y contenía muchas piezas pequeñas para armar robots y naves espaciales.

Abel estaba fascinado.

Pasó horas construyendo y jugando.

Al terminar de jugar, Abel, como de costumbre, dejó las piezas a medio recoger sobre su alfombra.

Al día siguiente, cuando quiso volver a armar sus creaciones, notó que faltaban algunas piezas.

Buscó por todas partes, debajo de la cama, dentro de los cajones, pero no las encontró.

Abel se sintió frustrado.

Sin esas piezas, sus robots no estaban completos y sus naves no podían volar.

Se quejó con su padre.

Don Ramiro, sin regañarlo, lo llevó a su taller.

"Abel", le dijo, señalando sus herramientas ordenadas, "¿ves?

Cada cosa tiene su lugar.

Cuando las cuido, sé dónde están y puedo usarlas cuando las necesito.

Además, duran más tiempo".

Luego, Don Ramiro tomó una pequeña caja de madera que él mismo había hecho para guardar sus tornillos y tuercas más pequeños.

"Esta caja", le explicó, "la hice con mis propias manos.

Me tomó tiempo y esfuerzo.

Si dejara los tornillos tirados, se perderían y todo mi trabajo no habría servido de mucho".

Abel miró la caja de madera, sencilla pero hecha con cuidado.

Entendió el punto de su padre, no con palabras, sino con el ejemplo tangible de su taller ordenado y sus herramientas bien cuidadas.

Esa tarde, Abel regresó a su habitación y comenzó a recoger las piezas de su juego de construcción.

Buscó con más atención en los rincones y debajo de los muebles.

Encontró algunas piezas perdidas.

Luego, tomó la caja en la que venía el juego y, con cuidado, guardó cada pieza en su interior.

No fue un cambio de la noche a la mañana, pero poco a poco, Abel empezó a imitar a su padre.

Después de jugar con sus coches, los alineaba en su estantería.

Los animales volvieron a su caja y los bloques se apilaron ordenadamente.

Incluso tomó una caja pequeña, parecida a la de su padre, para guardar las piezas pequeñas de sus juegos.

Don Ramiro notaba los cambios.

Un día, al entrar a la habitación de Abel y ver sus juguetes ordenados, se acercó a su hijo y le puso una mano en el hombro con una sonrisa orgullosa.

"Abel", le dijo con calidez, "me da mucha alegría ver cómo estás cuidando tus cosas.

Se nota que has comprendido lo importante que es valorar el esfuerzo y mantener el orden.

¡Sigue así, hijo!

Eso demuestra que eres un niño muy responsable".

Abel sonrió, sintiendo la aprobación de su padre, y don Ramiro satisfecho agradeció al cielo, porque el ejemplo silencioso había dado sus frutos.

Estaba aprendiendo, a su manera, el valor del esfuerzo y la alegría de cuidar aquello que se tiene.

Y todo había comenzado en silencio, en la observación atenta de las manos sabias de su padre en el taller.

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