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El Ladrón con la Nariz de Caramelo


 

El Ladrón con la Nariz de Caramelo

Había una vez, en un pueblo donde todas las casas eran de colores brillantes y olían a pan recién horneado, un perrito llamado Coco.

Coco no era un perrito cualquiera.

Tenía un problema muy, muy serio.

Coco era un ladrón de cosas pequeñas.

Un día, la señora Berta (que usaba un sombrero con una flor enorme) dejó su calcetín favorito, el de rayas rojas, secándose en el patio.

¡Puf! A la mañana siguiente, el calcetín no estaba.

Otro día, el niño Martín (que coleccionaba tapas de botellas plateadas) dejó una de sus tapas en el suelo.

¡Puf! Al día siguiente, la tapa desapareció.

Todos en el pueblo se preguntaban: "¿Quién roba las cosas pequeñas y sin valor?

¿Y por qué?"

Un detective muy sabio, el señor Bigotes (que era un gato grande con un bigote gris), dijo: "El ladrón debe dejar una pista... algo que no pueda esconder."

El gato Bigotes puso una trampa: ¡una galleta con forma de hueso cubierta de miel!

Al día siguiente, la galleta estaba a medio comer y, junto a ella, había un rastro muy pequeño que olía dulce y a canela.

El detective Bigotes siguió el rastro hasta la casa de Coco.

Tocó la puerta.

—¿Señor Coco?

¿Podría asomarse por la ventana?

Coco asomó la nariz, pero se la cubrió con la pata.

—¿Por qué esconde su nariz, señor Coco? —preguntó el gato Bigotes.

—Es que...

¡está un poco resfriada! —dijo Coco.

—Hmm. —dijo el gato Bigotes—.

Pero veo algo muy extraño.

Su nariz brilla.

El gato Bigotes se acercó.

Y ¡oh, sorpresa! ¡La nariz de Coco no era una nariz!

¡Era un trozo de caramelo de fresa, rojo y brillante, que se le había pegado!

Coco, avergonzado, tuvo que confesar: —Es que yo no robo los calcetines o las tapas.

Yo solo tomo caramelos.

—¿Y el calcetín de rayas? —preguntó el gato Bigotes.

—Es que la señora Berta dejó un caramelo de limón adentro del calcetín... y me llevé el calcetín por accidente, ¡pero solo quería el caramelo!

—¿Y la tapa plateada?

—Es que...

¡la tapa plateada estaba brillando como un envoltorio de dulce!

El gato Bigotes se rio. —Ah, señor Coco.

La Ley de Noaj dice: ¡NO ROBAR! No importa si robas una casa o un simple caramelo.

Y además, si sigues comiendo dulces de escondidas, ¡tendrás la nariz pegajosa por siempre!

Coco prometió que nunca más volvería a robar, ni siquiera un caramelo.

Devolvió el calcetín y la tapa.

Y el gato Bigotes le hizo un regalo: un gran tazón de sopa de verduras con un poquito de sabor a fresa, ¡para que dejara de pensar solo en dulces!

Y así, Coco se convirtió en el perrito más honesto del pueblo, aunque siempre tuvo cuidado de que ningún caramelo se le acercara a su nariz.


Fin.


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